¡Buenos días, tardes o noches cafeterxs de domingo!
¿Cómo va la semana?
Estas últimas semanas he escrito bastante por aquí y por instagram sobre temas a los que quería dedicar tiempo de reflexión. Debido a que los encuentro “candentes” en cierto modo, los veo como el trasfondo de muchas de las acciones que experimentamos todos los días directa o indirectamente, las pensemos o no.

Pero mientras voy caminando por el mundo, las preguntas llegan a mí después de cada observación, interacción o escucha. ¿QUÉ LE PASA A LA PEÑA? resuena por mi cabeza todos y cada uno de los días de mi existencia. ¿Qué me pasará a mí para preguntarme qué le pasa a la peña? Necesito divagar para pensar, no veas lo que me frustra que no me den tiempo para pensar o me pongan un límite del mismo para hablar sobre un tema.
Si necesito tiempo para pensar y no me lo dan, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo que acelera hasta lo más humano: la conversación y la pausa?¿Será que las preguntas que nos incomodan son las que realmente nos abren camino, y las que caben en el tiempo limitado de una charla son solo las más cómodas? ¿Qué dice de mí mi necesidad de divagar: que soy dispersa, o que todavía me permito no tener todas las respuestas cerradas? siempre me he contestado con las secuelas de mi accidente, pero ¿qué tal si en lugar de irme a mi organismo voy más allá y divago también en esto?
Me pongo triste cada vez que me veo forzada invisiblemente a lanzar un mensaje determinado o se me quiere para algo concreto que no he decidido yo. Creo que durante demasiado tiempo me han llamado inadecuada o se han esperado cosas de mí que no soy capaz de dar. La verdad es que esa no es mi movida. Es decir, lo que otra persona espera de mí en base a su modelo de mundo, poco tiene que ver con lo que yo tengo/quiero/puedo dar en la ocasión que se me presente. No cumplir con las expectativas ajenas es algo que llevo sobradamente bien. Lo que no llevo tan bien es que las personas en las que deposito expectativas de comprensión me sorprendan con algún juicio absurdamente superficial con tintes de profundidad por respeto al tiempo compartido.

Sigamos caminando…
Diría que lo que te he comentado arriba nos pone tristes a todas las personas. Pero mirándolo con lupa me pone hasta feliz ponerme triste. Revela más de mí la forma que tengo de estar triste porque sale a la luz que pese a todo lo vivido aún puedo sentir profundamente. Antes lo veía como algo extraño, un sentimiento al que no le veía sentido y no lograba ponerle palabras más allá de la rabia. Pero lo cierto es que me pone profundamente triste haber tenido tantos fallos en mi vida, haber hecho daño a personas por desconocimiento de que se lo hacía, incomodar por no entender (y seguir haciéndolo), etc etc.

Nunca la he visto como algo a lo que evitar, simplemente no la sentía, ahora intento entenderla y experimentarla. Trato de regodearme en ella mientras le doy forma a través de la escritura ¿qué me ocultará? ¿habré experimentado la verdadera alegría, lo bello, si no sé reconocer cuándo aparece la tristeza? ¿me haré estas preguntas porque sabiendo que la tristeza aparece porque algo nos falta yo ya sé que nada puede llenarme del todo?

Foto recogida del proyecto iatrogenia de Anna Peixet
¡Salud, café y muchas filosofadas!
Comprendo perfectamente esa sensación de sentirse incomodada por las preguntas que abren camino. Es como si la verdadera conexión se forzara en lo cómodo, no en lo profundo. La forma en que describes la tristeza como algo que revela más de ti es increíblemente sincera y necesaria. ¡Qué bien que la estés explorando!
Muchísimas gracias por tus palabras. «Me alegra» sentirme comprendida, entre comillas porque es algo incómodo.
Qué bien que tú te reconozcas en mi proceso, ya que deja ver que tú también la has explorado. ¡Un cálido abrazo!