Pasión viene del latín passio, passionis, que a su vez deriva del verbo patio:
significa, nada más y nada menos, padecer, sufrir, soportar o experimentar algo que te ocurre. Entonces, “patio” no implica acción voluntaria, sino exposición a X donde el sujeto no controla lo que le pasa sino que le atraviesa. Adoro ir a la esencia de las cosas y para mí la etimología, desde que conozco este conocimiento, es sinónimo de ir a la esencia de las palabras en sí mismas.
Durante siglos, “pasión” tuvo un sentido casi opuesto al actual. Era eso que te dominaba, que ponía en riesgo la razón y lo que había que gobernar.

(La Pasión de Cristo difícilmente tenía que ver tanto con el entusiasmo como con aquello que se aceptaba con sufrimiento y se atravesaba con dolor. En la modernidad le hemos dado un girito, especialmente en la modernidad y el romanticismo, donde pasa a significar intensidad, entrega, fuego interior e implicación emocional profunda.)
Pero la palabra sigue ahí, el origen de la misma es el “patiment” com diríem a casa.
Hoy es una palabra de ambigüedad emocional intensa.
Nos eleva, pero también nos expone; nos da sentido, pero también nos desgasta.
Amar con pasión implica riesgo, porque en el fondo apasionarse es aceptar ser afectado.
Es algo óptimamente precioso para lo corta que es nuestra vida mundana.
La pasión es como un motor interno que nos hace tolerar mejor la frustración y nos hace invertir tiempo deliberadamente en algo, cosa que a su vez hace que seamos capaces de mantener el esfuerzo a largo plazo.
También es contagiosa.
Emocionalmente despierta inspiración, admiración y confianza en otros. A su vez, proyecta coherencia entre valores, discurso y acción.
PERO nos hace correr un riesgo heavy cuando esa pasión excesiva va acompañada de sesgos cognitivos que ignora los datos negativos y rechaza el feedback. Cosa que de normal se traduce en malas decisiones, que cuando son inocuas pues okey, ¿pero qué pasa cuando estamos a cargo de un país, por ejemplo?
El gran riesgo de confundir pasión con viabilidad es muy peligroso.
¿Dime tú qué pasa cuando la identidad se fusiona demasiado con aquello que te apasiona?
te respondo yo que parece que no te apetece contestar a mis preguntas, ¡PUES QUE EL FRACASO SE VIVE COMO UNA HERIDA PERSONAL!
Para que veas, lo que más nos motiva también tiene el poder de ser lo que más nos duele.
Generando así rigidez identitaria por una pasión mal gestionada. Aquí viene la famosísima frase de: “yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré”.
Esto debilita la adaptabilidad y puede llegar a percibirse como soberbia… y lo sé porque me ha pasado 🙂
Entonces, la pasión no es ni buena ni mala por sí misma.
Bien llevada potencia propósito, rendimiento y conexión. Mal gestionada distorsiona decisiones y desgasta.
Pero entre tener y no tener, tiene más emoción tener… equivocados o no.
La clave aquí es regular la pasión para saber gobernarla con criterio, autoconciencia y datos.
¿Con esta frase no os vienen a la cabeza los gymbros pseudoestoicos que viven la pasión mientras tengan la validación externa? bueno, a mí sí.
Hija de mi generación, qué le voy a hacer.
Durante años ha flotado por ahí la idea de que la pasión surge cuando descubres “para qué eres bueno”. Pero ya se ha visto y revisto que la pasión surge de la percepción del progreso, entendiendo porqué importa lo que haces y cómo se conectan las actividades visibles con los propios valores subyacentes.
En los términos que me gusta manejar podemos decir que el cerebro libera dopamina cuando detecta avance con propósito y no sólo por placer inmediato.
Por tanto, la pasión difícilmente florece bajo obligación, presión externa o expectativas ajenas. Sí lo hace cuando una siente: “esto lo elijo yo y aquí puedo explorar sin miedo”. Motivo por el cual imponer que alguien encuentre su pasión, suele generar ansiedad. Mientras que permitir experimentar sin juicio favorece que aparezca por sí solita.
¿Cuántas veces has hecho por pasión algo que te han tenido que repetir hasta la saciedad? Me atrevo a decir que ninguna. Pero que quizás luego te terminó gustando lo que ibas haciendo después de repetirlo mucho o directamente acabaste odiándolo.
La pasión por lo que hacemos se consolida con reconocimiento y narrativa.
Cuando sabes explicar por qué haces algo, aumenta el compromiso con la propia tarea y aparece la pasión como efecto secundario.
Si algo encaja conmigo, será algo que me permita crecer y acabará formando parte de mi identidad.
¡Salud, café y muchas filosofadas!
