Buenos días, tardes o noches cafeteras de domingo.

Hoy vengo a reflexionar, como dije en el anterior post, sobre las apariencias de profundidad.
No veas la de discursos intensos que me he tragado porque las personas que los emitían sabían perfectamente cómo sonaba la profundidad.

Ya reconozco medio rápido de quien no fiarme.

Hablan bien. Muy bien.

De vínculos; de responsabilidad afectiva; procesos y heridas.

Vamos, que si las escuchas, te dan ganas de tomar apuntes de lo bien que tienen aprendido el discurso.


Ahí pasa lo curioso:

NO DUDO.

Porque no están diciendo tonterías, están diciendo cosas que considero correctas.

Eso justo es lo que lo vuelve más confuso…

El problema no suele ser lo que dicen.

El problema es lo que pasa cuando miras un poco más despacio, porque entonces empiezan a aparecer grietas:

– mucho discurso, poco ejemplo.
– mucha teoría, poca práctica.
– mucha conciencia, poca elección real.

Pero eso no se ve al principio, al principio todo encaja.

Hasta que deja de encajar.

¡Sorpresa! Para nadie, claro.


Empiezan las preguntas incómodas:
¿La persona que está alucinándome con su discurso, vive lo que dice o solo sabe decirlo muy bien?

Porque hay gente que no te engaña con mentiras, sino que te confunde con ideas bien formuladas.

Pero aquí viene lo fino por lo que ni me cosco cuando pasa: muchas veces no es falsedad, simplemente son personas que entienden perfectamente lo que habría que hacer… pero que no pueden sostenerlo. Y entonces, sin que nadie quiera pisparse, aparece una incoherencia elegante.

No viene del caos, ni del drama evidente.

Simplemente es algo más sofisticado: todo suena bien… pero no pasa.



La pregunta incómoda número DOS

¿Te vinculas con la conducta o con la narrativa?

Porque si nos vinculamos con la narrativa todo tiene sentido.
Si miras la conducta: ya no tanto.

El autoengaño compartido (sí, el tuyo también) implica reconocer algo que no es muy agradable.
A veces no es solo la otra persona, tú también quieres creerlo.



Pregunta incómoda número TRES:

¿Cuántas veces has justificado incoherencias porque el discurso era bueno?

Cuando empiezas a preguntarte esta mierda, dejas de impresionarte por cómo alguien habla casi automáticamente y empiezas a fijarte en conductas menos atractivas, pero más útiles para discernir lo que merece tu atención y lo que no: lo que la persona hace cuando no hay nada que explicar.

Algo real no necesita tanto lenguaje, se nota.

Con todo esto, llegamos a una idea bastante incómoda, pero práctica.

No toda persona que habla de profundidad, está preparado para sostenerla.
Y no todo el que te entiende, sabe vincularse contigo.

Recuerda esto, vamos muy acelerados y saltándonos semáforos constantemente. Por los que muere mucha gente por el camino. Ui, que forma más tétrica de acabar jaja recuerda que el dibujo es el de una ranita tomando café y se nos pasa el mal rollete

Para concluir cabe añadir que a partir de cierto punto, la mejor opción me parece no buscar a alguien que lo tenga claro, sino a alguien que no se contradiga constantemente en lo importante. Porque cuando alguien habla demasiado bien, igual lo que falta no es vocabulario.

Pero hay un nivel más allá de todo esto.

Uno donde no solo hablamos de incoherencia, sino de algo mucho más invisible:

lo que pasa cuando tu realidad no se ve, no se entiende, o no encaja.

Y aquí la decepción ya no es solo confusión entre intensidad y profundidad, es otra cosa.

Pero esto… lo dejo para la siguiente.

¡Salud, café y muchas filosofadas!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *