¿Qué pasa cafeteras? ¿Cómo ha ido la semana y cómo se presenta la próxima?

Yo ando bastante emocionada con proyectos que realizar e ideas frescas que desarrollar. Tengo novedosas obligaciones y entre ellas está aprender practicando inglés. Los idiomas me apasionan, encuentro en ellos formas distintas de ver las mismas «realidades» observadas a través de ojos ajenos que pasan a transformarse en otras completa o parcialmente diferentes. Diría, sin mucho miedo a equivocarme, que ese es el motivo de mi amor por la lectura.

Hablando de lectura…

Estas últimas semanas, al fin, ha llegado a mí el libro La vacuna contra la insensatez de José Antonio Marina. Durante muchos años he «cortado» la información que recibo (ya en diálogo interno porque de decirlo tanto las personas que me rodean están hasta los mismísimos del tema) con la identificación de los sesgos cognitivos y el conductismo. Así que, el prolífico filósofo y pedagogo interesado en la educación, la inteligencia y la ética pública, ha aunado lo que llevo tantos años queriendo leer.

El libro parte de la tesis clara de que el problema no es la falta de inteligencia, sino el mal uso de ella. Muestra, con múltiples ejemplos muy reseñables, cómo las personas inteligentes también pueden ser insensatas si se dejan arrastrar por prejuicios, ideologías dogmáticas o emociones desbordadas.

Define la insensatez como un problema social estructural, no como errores aislados que no tienen nada que ver entre sí. Los ejemplifica con populismos políticos, fake news, intolerancia, fanatismos y, aunque no lo centra, deja ver el patriarcado como un sistema de estupidez organizada que reproduce desigualdades. Incluso menciona cómo figuras como Trump encarnan el triunfo de la insensatez colectiva.

La vacuna de Marina

Su propuesta pedagógica no es una píldora milagrosa, sino un conjunto de prácticas educativas, filosóficas y sociales que permite educar ciudadanos con criterio propio, defender la verdad frente a la manipulación mediática, fomentar el debate público respetuoso y basado en evidencias, así como recordar que nuestras decisiones individuales afectan al bien común. Debería empezar a «pincharse» dicha vacuna desde la más tierna infancia.

Marina no escribe desde una torre aislada: tiene en cuenta la visión de expertos en pedagogía, psicología y ética aplicada e incluso neurociencia. Su mérito está en actuar como traductor entre disciplinas y ciudadanía, ofreciendo un marco ético accesible para todas. No pretende reemplazar el trabajo situado de los especialistas, sino mostrar que necesitamos inmunizarnos contra la insensatez como proyecto común.

Sin embargo, y con todo el respeto que se le puede tener a cualquier ser humano, aquí aparece también un límite: al recurrir a la analogía de la «vacuna», aunque pedagógicamente brillante, corre el riesgo de simplificar en exceso problemas que la ciencia muestra profundamente complejos, especialmente cuando hablamos de cerebros atravesados por trauma o de estructuras sociales opresivas.

Un límite importante

La propuesta de Marina es inspiradora, casi una oda al pensamiento racional de la Ilustración. Sin embargo, suelo preguntarme en estos casos: ¿qué ocurre con los cerebros atravesados por trauma, ansiedad crónica o estrés postraumático?

Sabemos, gracias a la neurociencia, que bajo estas condiciones la amígdala se sobreactiva (generando respuestas emocionales desbordadas) mientras la corteza prefrontal pierde fuerza (dificultando el juicio racional). En esas circunstancias, pedir «diálogo racional» es como pedir a una persona con fiebre alta que corra una maratón.

La «estupidez» (palabra que no utiliza para que nadie se ofenda, pero usaría) y lo que deriva de ella es uno de los virus más letales que existe sostenido por estructuras de poder que traumatizan a quienes oprime.

¿Puede la filosofía complementarse con la ciencia?

Entonces… ¿podría la excelente filosofía de Marina complementarse con la investigación científica aplicada? La sociedad está cambiando y los avances tecnológicos son cada vez más palpables. El neurocientífico Rony Paz y su equipo en el Instituto Weizmann están desarrollando terapias con inteligencia artificial capaces de modular la actividad cerebral, casi como afinar un piano. Ese es el tipo de «vacuna» real que podría ayudar a las personas en las esquinas de la campana de Gauss, donde el trauma no deja espacio a la racionalidad.

El mercado puede jugar aquí un papel fundamental, siempre que se articule con justicia social. En España tenemos el ejemplo de Mind Studio, liderado por la neurocientífica Ana Ibáñez (autora de Sorprende a tu mente, Ed. Planeta), un proyecto que entrena cerebros con tecnología de neurociencia cognitiva para optimizar capacidades mentales y mejorar el bienestar. Con más de 15 años de experiencia, han trabajado con directivos, deportistas, pilotos, niños y adultos, aplicando ciencia de vanguardia al alto rendimiento y al día a día. Es un recordatorio de que la investigación puede salir de los laboratorios y ofrecerse al público de manera accesible y profesional.

La clave está en que este tipo de propuestas —desde las startups con IA hasta proyectos como Mind Studio— no se conviertan en privilegio de élites, sino que tengan un marco regulado y justo que garantice acceso también a las personas más vulnerables, que son precisamente quienes más sufren los efectos de la insensatez estructural. Pero vamos, no logramos regular el problema de la vivienda en España, y me pongo yo aquí a pensar en grande… ¿qué libertad da el «folio» en blanco, eh?

Para finalizar, me gustaría volver a pensar en la tristeza que supone saberme soñadora de estas ideas como un futuro viable pero poco probable. Pese a todo esto, La vacuna contra la insensatez es un libro necesario, una defensa apasionada del pensamiento crítico y la ética ilustrada.

Espero que sigan floreciendo libros en esta corriente que tengan en cuenta que la filosofía de Marina debe caminar junto a la neurociencia, la tecnología y el feminismo. Para poder enfrentarnos verdaderamente contra la epidemia de insensatez que sostiene estructuras violentas.

¡Salud, café y muchas filosofadas!

5 comentarios en «La vacuna contra la insensatez»

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